Comentario 24/03/2026
¿POR
QUÉ TANTA CORRUPCIÓN Y POR QUÉ SU ACEPTACIÓN?
Por: Carlos Alberto Mejía C.
Ingeniero Industrial y Administrativo.
https://reflexiones-de-cam.blogspot.com/
Sin
duda alguna, la corrupción es uno de los males más extendidos en el mundo
entero, tanto en el sector público como en el privado, el social y aun el
religioso o en la relación entre ellos. Existe y hay registros de este fenómeno
en todo tipo de sociedades y en todas las civilizaciones; endémicamente, es un
mal que casi podría decirse que forma parte de la naturaleza humana y de las
costumbres del hombre desde los inicios de su historia.
Las
formas de corrupción varían, pero las más comunes son el uso ilegítimo de
información privilegiada, el tráfico de influencias, el patrocinio indebido,
los sobornos, las extorsiones, los fraudes, la malversación, la prevaricación,
el caciquismo, el compadrazgo, el nepotismo, la impunidad y la autocracia.
La
corrupción puede ser en el gobierno o en la clase política y se refiere al mal
uso del poder público para conseguir una ventaja ilegítima, generalmente de
forma secreta y privada. Todos los tipos de gobierno son susceptibles de
corrupción política. Una situación de corrupción política sin restricciones se
conoce como cleptocracia, término que significa literalmente "gobierno de
ladrones" (el Carrusel de la Contratación en Bogotá, por ejemplo). Pero
también puede ser privada, donde se presentan, en menor grado, pero con
singular importancia, los mismos males descritos (Interbolsa, para citar
un solo caso muy conocido).
El
análisis periodístico citado por El Nuevo Siglo señala que algunas
estimaciones elevan el costo total de la corrupción en Colombia a cerca de $50
billones de pesos anuales; es decir, un 10% aproximadamente del presupuesto
público del año 2026. Estas cifras incluyen no solo pérdidas directas, sino
también pérdidas originadas en:
- Sobrecostos
en contratación.
- Ineficiencias
estructurales de los órganos de gobierno.
- Proyectos
inconclusos.
- Captura
institucional: actores poderosos que controlan instituciones o personas
para sacar beneficios.
- Impactos
que condicionan los programas de bienestar social.
La
corrupción facilita a menudo otro tipo de hechos criminales como el
narcotráfico, el lavado de dinero y la prostitución, aunque no se restringe a
estos crímenes organizados. El término opuesto a la corrupción es la
transparencia. Por esta razón, se puede hablar del nivel de corrupción o del de
transparencia de un Estado, de una empresa o, en general, de un conjunto de
organizaciones del sector estatal, privado, social o religioso.
Pero
¿puede pensarse que la corrupción simplemente existe y por ello hay que
aceptarla y convivir con ella? ¿Y que, por ende, estamos sometidos a ella por
siempre y para siempre?
En
muchas sociedades (regiones, ciudades, estados o naciones), al reconocer los
perniciosos efectos de la corrupción, se han creado todo tipo de mecanismos
anticorrupción; entre otros, mencionaremos los siguientes: autoridades para
combatirla, códigos para sancionarla, penas para castigarla y sanciones
políticas o sociales para rechazarla. Sin embargo, parece ser que nada de esto
funciona cabalmente; son paliativos que no curan de raíz el mal y sus secuelas.
Por momentos parece ganarse la batalla, pero el germen está ahí, listo para
desarrollarse de nuevo en los lugares y con los hechos más inesperados.
A
nuestro juicio, el problema, más que de controles y sanciones y sin perjuicio
de disponer de ellas, es un problema sociológico, cultural y de formación.
Decimos sociológico porque parece ser parte ya de nuestra conducta el aceptar,
permitir o participar en la corrupción como un hecho tolerado, tolerable y
cotidiano, donde “todos participan”. Hablamos de cultura porque la corrupción
se ha incorporado a la manera de ser y de pensar, considerándose socialmente
aceptada y hasta casi necesaria. Y nos referimos a que es un problema de
formación porque no recibimos durante nuestra educación una ilustración sobre
el problema, su génesis, sus consecuencias, sus soluciones y la necesaria
participación de todos en su terminación.
No
me cabe duda decir que más formación sobre la corrupción, sus males y
consecuencias, el cómo combatirla y cómo volverla socialmente censurable (no
solo penalmente) harían mucho en favor de ir, paulatinamente, modificando la
cultura y las costumbres, de tal manera que, finalmente, tendríamos lo que
sociológicamente sería una conducta rechazada en todas las capas sociales y en
todos los sectores de la actividad humana.
Esta
formación empieza en el hogar, pero pasa por fomentarse también en nuestros
colegios y universidades y debe continuar, además, con las organizaciones
sociales y comunitarias, las empresas y las municipalidades, así como con los
gobiernos y las entidades que ejercen labores de liderazgo y dirección en cada
ciudad y región.
¿Será posible pensar en un mundo sin corrupción? ¡Qué bueno fuera, al menos para las nuevas generaciones, darles esa oportunidad!
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