Comentario 12/04/2021
POPULISMO
Y PROGRESISMO
Por: Carlos Alberto Mejía C.
Ingeniero Industrial y Administrativo.
https://reflexiones-de-cam.blogspot.com/
Cada
mes que pasa se entra con mayor intensidad en el escenario electoral del
próximo año, período en el cual habrá elecciones de congreso y presidencia, de
hecho, las decisiones que hoy se toman en aspectos políticos, económicos y
sociales, desde ahora consultan el interés individual de los partidos o de los
potenciales candidatos frente a las futuras elecciones. Ya no se mide con la
objetividad del contenido de lo que se decide o propone, sino con la
conveniencia desde el punto de vista electoral, todo lo cual complejiza las
decisiones, porque entramos en una etapa más emocional que racional al juzgar y
al hacer en todos los órganos del poder público y en los distintos actores que
se mueven en ellos. Aunque los comicios se ven lejanos por el ciudadano de a
pie, sin embargo, desde ahora empieza un gran peligro electoral, el llamado
populismo. El interés es el voto útil y mi elección, no importa cómo le vaya al
país.
El
populismo apela al pueblo para construir su poder, entendiendo al pueblo como
las clases sociales menos favorecidas y sin privilegios económicos o políticos.
Suele basar su estructura en la denuncia constante de “los males” que encarnan
las clases privilegiadas, es decir, en generar odio de clases, como si las
personas de mejor posición o progreso fueran las culpables de los males de
otros.
Los
líderes populistas, por lo tanto, se presentan como redentores de los humildes
(Robin Hoods). El término populismo, en consecuencia, hace referencia a las
medidas políticas que no buscan el bienestar o el progreso de un país, sino que
tratan de conseguir la aceptación de los votantes sin importar las
consecuencias.
El
populismo es efectista, busca resultados inmediatos, resonantes y notorios, que
se convierten en un espejismo lleno de complacencias para los más débiles, sin
embargo, los platos rotos vienen más tarde. Muy fácil ofrecer una renta básica
para las personas con mayor vulnerabilidad, pero las cuentas no cuadrarán
porque el Estado no dispone de recursos para semejantes erogaciones novedosas,
halagadoras y adicionales, de por vida y para todas las generaciones actuales y
por venir.
En
Colombia el 90% del presupuesto público prácticamente ya está asignado a gastos
sociales y de funcionamiento. Si, por ejemplo, el presupuesto público establece
que hay una destinación para la educación del 35% del aforo disponible, estos
recursos no pueden dedicarse a la llamada renta básica prometida durante la
campaña. En la práctica, salud, pensiones, educación, deuda pública, servicio
de la deuda y gastos de funcionamiento incluido el de defensa, comprometen el
presupuesto público de una manera casi que inflexible.
Además,
lo que caracteriza a los gobiernos populistas, desafortunada y frecuentemente,
es la politiquería y la corrupción, dos malos enemigos de la eficiencia del
sector público, los cuales se convierten en gastos desbordados, burocracia,
despilfarro, ineficacia en la ejecución de las obras, mal gobierno, compromisos
con los grupos de su interés o con los partidos de su conveniencia y no con los
ciudadanos en general o con los grandes intereses del país.
Frente
a estas duras realidades, escuchar tantas voces electoreras y promeseras de lo
que no se podrá cumplir, es un ejercicio político lleno de engaños para las
personas poco avisadas, lo cual, en general y lamentablemente, es la cultura de
nuestra población. Los oídos se dejan halagar fácilmente con esas mágicas
soluciones, las cuales cautivan votos incautos, mal informados o con esperanzas
infundadas, si bien, elección tras elección, de nuevo se quedan en el vacío.
Todo
esto conforma el llamado populismo, prometer lo que no tiene asidero, ni
financiero, ni legal, ni funcional, ni posibilidad de ejecución. Latinoamérica
está llena de ejemplos del cáncer del populismo en los últimos años: los
Kitchner en Argentina, Chaves y Maduro en Venezuela, Ortega en Nicaragua, Lula
en Brasil, Correa en Ecuador y Mujica en Uruguay, y así por muchos lugares. Sin
embargo, el populismo no es una característica únicamente de la izquierda,
puede existir en cualquier tipo de ideología política, pero es más notorio,
frecuente y recurrente en las ideologías de izquierda.
Los
populismos frecuentemente se autodenominan progresismos y se acompañan de
nacionalismos, es decir, se explota el sentimiento nacional para encubrir los
daños populistas cuando estos ya son inevitables. Además, en ocasiones se
invoca también el enemigo externo como el causante de los males, como ocurre en
Venezuela frente a Colombia, donde se afirma que los colombianos somos la causa
de los reveses del pueblo venezolano, que horror y que malévola afirmación,
pero así se cacarea continuamente. Ahora, si se juntan el populismo, la
politiquería, el nacionalismo malsano y la corrupción, estamos al frente de la
catástrofe total de un país, su economía, sus instituciones, su desarrollo
social y el progreso de sus comunidades.
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